Al hablar de «escritos posteriores», no atendemos tanto a la
lecha de composición cuanto a la dependencia y evolución ideológica. Las
epístolas pastorales y las de Pedro se mueven dentro de la esfera de la
teología paulina; con ella tiene algunas afinidades la epístola a los Hebreos,
que avanza por camino independiente sobre ideas latentes en la tradición.
A. Las epístolas
pastorales.
Comenzamos por
ellas, porque, aunque hoy día se discuta su autenticidad, solían incluir en el corpus paulinum y porque se aproximan a
la concepción paulina del misterio, si bien se apartan de ella en
sus formulaciones, de sabor arcaico unas, de tinte helenístico otras.
La
cristología, que en estas
epístolas se entrevera con los avisos
pastorales, podría llevar la rúbrica de: «cristología de epifanía». Este
sustantivo se emplea cinco veces, y dos el verbo del
mismo radical. Es una cristología de
esperanza, orientada a
la parusía (Tit 1,2; 2,13; 1 Tim 1,1; 6,14; 2 Tim 4,1.8; cf. 2 Tes 2,8). Pero esta
epifanía gloriosa al final de los tiempos presupone otra dentro de la historia (cf. 1
Tim 3,16; Tit 1,3), que,
aunque no tuvo el esplendor de la segunda, fue una manifestación de la gracia
salvadora de Dios (Tit 2,11): la aparición
de «la bondad y filantropía de Dios nuestro Salvador» (Tit 3,4), que «se hizo patente por la
epifanía de nuestro Salvador
Cristo Jesús, quien destruyó la muerte y ha hecho brillar la vida y la inmortalidad por medio del
Evangelio» (2 Tim 1,10). Con
toda la resonancia de una palabra que en el mundo helenístico evocaba los honores,
civiles o cúlticos, tributados
a los emperadores, se afirma de ambas venidas de Jesucristo que son «epifanías»
del verdadero Dios y Salvador.
Las frases
aquí citadas ponen a la
vista otra idea fundamental de
esta cristología epifánica: la de la salvación universal traída por Cristo, que se consumará al
tiempo de la parusía. Es conocido
el texto clásico de la voluntad salvífica universal: «Dios nuestro Salvador desea que
todos los hombres se salven y lleguen
al conocimiento de la verdad (evangélica). Porque no hay sino un solo Dios y un solo mediador entre
Dios y los hombres: Jesucristo
hombre, que se dio a sí mismo como rescate por todos» (i Tim 2,3-6; cf. 4,10; Tit
2,11). Pablo había experimentado
en sí mismo esta gracia redentora de Dios, que extiende su misericordia a los que están
alejados de él: «Cristo vino para salvar a los pecadores, el mayor de los
cuales soy yo» (i Tim 1,15-16; cf.
2 Tim 1,9; Tit 3,5). El acto salvífico se enuncia con las fórmulas tradicionales, como la
que acabamos de copiar (i Tim
2,6; Tit 2,14); pero más que en la cruz y en el derramamiento de la sangre, que nunca se
mencionan, se pone en la victoria
sobre la muerte, y en la donación de la gloria y de la herencia eterna fe Tim 1,10; 2
Tim 2,10; Tit 3,7).
Un dato digno
de atención en esta cristología de epifanía soteriológica es el intercambio del
título mismo de «Salvador» entre Dios-Padre y Cristo Jesús, aplicándoselo tanto
al primero (i Tim 1,1; 2,3; 4,10; Tit 1,3;
2,10; 3,4; cf. 2 Tim i, 9), como al
segundo (2 Tim 1,10; Tit 1,4; 2,13; 3,6; cf. i Tim 115). Lo mismo sucede con el título de «Señor»,
dicho de Dios-Padre (i Tim 6,15; 2
Tim 4,1) o de Jesucristo (i Tim i, 12;
6,3.14; 2 Tim 1,2; 4,8). Incluso a éste se llama en algún pasaje, según la interpretación más plausible, con
el nombre de «Dios» (Tit 2,13). Pero,
aunque haya equiparación en la virtud
y en la obra salvadora, y hasta en la misma divinidad, no hay confusión de personas
y actividades: Dios-Padre es origen primordial de la salvación (2 Tim 1,9),
Jesucristo nos salva (i Tim 1,15) en
cuanto Dios-hombre-mediador (i Tim
2,15).
B. Las epístolas de Pedro.
Las dos epístolas de Pedro apenas tienen de común más que el nombre,
auténtico o seudónimo, que las encabeza.
En la segunda de ellas (2
Pe), el autor, preocupado por el despuntar de «herejías demoledoras» (2,1) de
matiz gnóstico que niegan entre otras cosas la parusía (3,3-4), exhorta
a sus lectores a que crezcan en la verdadera «gnosis» de Jesucristo (3,18;
1,2.5-6.8; 2,20), a quien se complace en apellidar «Señor» o «Señor nuestro» (1,2.14.16),
«Salvador» (1,1) y, juntando ambos apelativos,
«Salvador y Señor» (1,11; 2,20; 3,2.18).
Más interesante para la cristología
es la primera epístola (i Pe), que muestra cierto parentesco con los
discursos de Pedro en los Hechos.
Prácticamente,
todos los comentaristas, en la forma que a cada uno se le antoja
mejor, admiten alguna conexión de este escrito con la liturgia bautismal. Esto
explica de por sí la inserción de fórmulas
tradicionales, estereotipadas, como la que ya antes vimos (p.24).
La situación de persecución,
que parece traslucirse en algunos pasajes
(1,6; 3,13-17; 4,12-19), explica el tono parenético. Para despertar en el creyente una «esperanza viva», la
exhortación se apoya en la que llamaríamos realidad cristiana: en el
hecho de que hemos sido redimidos por Jesucristo
y de que esta redención, ratificada por Dios en la resurrección del Señor, y
apropiada por el cristiano en el bautismo, nos asegura la «herencia
incorruptible..., reservada en el cielo»,
«la salvación que ha de manifestarse en los últimos tiempos» (1,3-5.7.9.21). Por otra parte, una exhortación
dirigida a cristianos «afligidos con varias pruebas» (1,6), es natural que vuelva los ojos a los padecimientos de Cristo,
que para él fueron el camino a su gloria (1,11).
La pasión de Cristo tiene para el cristiano
un valor ejemplar. «Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que
sigáis sus huellas» (2,21). El seguimiento de
Cristo se desenvuelve en imitación
(1,15; cf. 4,1) y, más todavía, en participación en sus sufrimientos,
que produce en nosotros la confianza alegre de
participar también en su gloria (4,13-16.19).
Pero el valor de la pasión de Cristo no es únicamente ejemplar,
sino, además, eficaz por sí mismo. Para amplificar esta idea, el autor echa
mano de dos conceptos veterotestamentarios: el de redención y el de sacrificio,
enlazados ya en la profecía
de Isaías: «habéis sido rescatados, no con oro y plata..., sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un
cordero sin tacha y sin mancilla» (1,18-19; Is 52,3; cf. Ex 12,5). «Cristo padeció por nosotros... El no había cometido pecado
ni se había hallado dolo en su
boca... El mismo es el que llevó nuestros
pecados en su cuerpo sobre el madero... Y él es aquel por cuyas llagas habéis sido curados» (2,21-24; Is
53,3-9.12). Y resumiendo todas estas
ideas, se escribe: «Es mejor padecer haciendo
el bien, si Dios así lo quiere... Porque también Cristo murió una vez por los pecados (en favor nuestro),
el justo por los malvados, para
conducirnos a Dios» (3,17-18). Pedro es
quien más expresamente ha aplicado a Jesucristo la profecía de los padecimientos del Siervo de Yahvé.
El fruto de la redención lo
enuncia el autor con términos tomados igualmente del AT: la constitución del
nuevo pueblo de
Dios: «raza elegida, gremio de sacerdotes reyes, nación consagrada, pueblo adquirido en propiedad...»
(2,9-10; cf. Ex 19, 5-6; Is 43,21; Os
1,6-9; 2,1.25).
Como se ve, en la exposición del tema parenético, el autor ha dejado
caer como de paso afirmaciones relativas a la cristología: a una
cristología plenamente soteriológica. Pero las arriba citadas no son
las únicas; porque su cristo-soteriología se dilata hasta los confines de la historia
de la salvación, cuyo centro es Cristo. Su
venida responde al plan eterno, cuya ejecución contemplan extasiados
los ángeles (1,12). Sí, Cristo, manifestado
al fin de los tiempos, había sido predestinado ya desde antes de la creación del mundo (1,20), fue
revelado a los profetas que atalayaban
el futuro según les instruía el Espíritu de Cristo, y ahora ha sido predicado por la fuerza del mismo Espíritu Santo: todo esto para nuestra salvación
(1,10-12). Según esto, Cristo gozó de
una preexistencia en el corazón de
Dios, que no parece puede reducirse a una existencia meramente ideal en la previsión divina, puesto que el
Espíritu de Cristo actuaba ya sobre
los profetas.
Claro está, la realización del designio
salvífico no se detiene en los hechos pasados
(cf. 3,18.22), sino que, determinada por ellos en cuanto a su
orientación y pasando por las realidades presentes de la gracia ya recibida, camina a la obtención futura de la herencia incorruptible (1,3-5; 3,9 5,4-10)-
En una
carta, cuyo autor es—o literariamente finge ser— aquel a quien Jesús impuso
el nombre de Pedro y constituyó pastor supremo de la Iglesia, resulta curioso
ver estas dos imágenes aplicadas a Cristo. Es verdad que en ello no hay propiamente novedad alguna; según los evangelios,
fue Jesús mismo quien se había
acomodado la imagen de pastor Qn
10,1-18; cf. Me 14,27; Mt 18,12-13; 25,32), lo mismo que la de la piedra
angular desechada por los constructores (Me 12,10-11; cf. i Cor 3,11), que por
asociación verbal recuerda la piedra de
tropiezo (Le 20,17-18; cf. Rom 9,33).
En forma
similar, Pedro, entretejiendo textos del AT (Sal
118,22-23; Is 28,16; 8,14), actualiza la presencia de Cristo como
fuerza que sostiene el edificio sagrado de su Iglesia, donde han de ofrecerse a
Dios los sacrificios espirituales de una vida totalmente consagrada al
servicio de Dios (2,4-9; cf. Ef 2,20-22; Rom 1,9; 12,1; Heb 13,5). La misma
idea de la presencia de Cristo en su Iglesia se insinúa en la aplicación de la
imagen del mayoral que vela sobre los otros pastores
para premiarles conforme a su vigilancia (5,2-4).
Si estas epístolas no presentan intuiciones
nuevas y originales sobre el misterio de Cristo, en cambio, han sabido aplicar
a la vida cristiana una cristología que había
venido elaborándose en el seno de la
Iglesia y había encontrado su expresión en el lenguaje litúrgico.
C. La epístola a los Hebreos (Heb).
El autor clasifica su escrito como «discurso parenético» (13,22), porque
su propósito es el de confirmar en la
fe a sus lectores retrayéndoles de una posible apostasía (cf. 3,12;
6,4-8; 10,23-19.39; 12,1.28).
A ello
dedica toda la larga sección final (caps. 11–13), y aun en la parte
doctrinal va entrelazando amonestaciones apremiantes
a la constancia en la confesión indeclinable de nuestra esperanza
(2,1-4; 3,7-4,14; 6,1-19; 10,23-39). Con todo, por la extensión dada a la
fundamentación teórica y por la estructura sistemática de la argumentación
junto con el esmero en la declaración de
los conceptos básicos, la epístola podría
casi definirse como tratado teológico, el primero acerca del misterio de Cristo. A él se dedican más
de dos tercios de esta carta-homilía (caps. 1–10), y en la misma sección
exhortatoria (11-13) a él se vuelve la
mirada.
La tesis central desarrollada
en la primera parte es, evidentemente, la del sacerdocio supremo de Cristo o, mejor tal vez, la de su
mediación única, subsumida, como en su
forma concreta, en
la mediación sacerdotal. El autor comprende que el nervio de la cuestión está en demostrar la
eficacia mediadora de la acción de
Cristo y, por tanto, la necesidad de adherirse a él para obtener la
unión con Dios, que es el objetivo de toda religión
digna de este nombre; con ello quedará demostrada la inconsecuencia de una apostasía. Para probar la
tesis no se recurre a principios
generales de filosofía de la religión, sino a la comparación de la nueva economía cristiana con la vetero-testamentaria, parangonando los mediadores de
ambas.
El parangón se inicia
desde los primeros versículos del proemio:
Cristo es el mediador de la revelación perfecta, en contraposición a la fragmentaria y parcial de los
profetas; pero, más todavía, él es el mediador
trascendental de la creación y el mediador
histórico de la redención (1,1-4; cf. Jn 1,1-3.14-18; Col 1,14-18). Notemos que «el Hijo» de quien se
hacen estas afirmaciones no es otro sino
Jesucristo, a quien Dios «constituyó heredero de todas las cosas» y quien, después de
realizar nuestra redención, «se ha sentado a
la diestra de la Majestad (de Dios) en las
alturas» (1,2-3). De este Hijo se predican los atributos de la Sabiduría divina: «resplandor de la
gloria e impronta de la sustancia» de Dios (1,3; Sab
7, 25-26; cf. 2 Cor 4,4; Col 1,15).
Inmediatamente se entra a
demostrar la supremacía de la mediación de Cristo, tanto por la excelencia
del mediador como por la eficacia de su acción mediadora,
confrontándolas con la insuficiencia de la
mediación y la inferioridad de los mediadores de la Antigua Alianza: los
ángeles, Moisés y los sacerdotes
levíticos.
La superioridad de Cristo
sobre los ángeles (1,5-2,18) se funda en su misma personalidad de Hijo de
Dios: «Hijo» es un nombre que significa una dignidad trascendente y
al mismo tiempo connota una inmutabilidad,
permanencia o eternidad como la del
«trono de Dios»; supera, pues, esencialmente la cualidad personal de los «ángeles», que, como su nombre expresa, son «mensajeros» o «servidores», obligados a
adorar a Cristo y a servir a los
herederos futuros de la salvación, y, por otra parte, son mudables como
(tal vez mejor es: homónimos con) «ráfagas
de viento» o «llamas de fuego» (1,3-14). Un dato ulterior enunciado en
la Sagrada Escritura es que la economía de salvación
prometida está sometida a Cristo y no a los ángeles (2,5-9). Consecuencia de
ello es que, si la ley antigua, promulgada,
según la tradición judaica, por mediación de los ángeles, tuvo su validez (cf. Gal 3,19; Dt 33,2), más
urge ahora la economía de salvación, proclamada por el Señor (2,2-4).
Otro tanto hay que decir de Moisés (3,1-4,13), el mediador de la ley
y de la alianza, de las que más abajo volverá a hablar el autor (9,19-20). Moisés fue «siervo fiel en la
casa de Dios», pero al fin y al cabo,
solamente siervo en casa ajena. Cristo, en cambio, es Hijo en su propia casa, que es la Iglesia. Conocemos ya
esta comparación de Jesús con Moisés en los evangelios, resumida por Juan en
la frase: «la ley fue dada por mediación de Moisés; la gracia y la
verdad se han hecho realidad por mediación
de Jesucristo» (Jn 1,17).
De aquí se pasa al tema central de la
mediación sacerdotal de Jesucristo,
cuya excelencia y unicidad se prueba por la superioridad incomparable de su
sacerdocio «al modo de Melqui-sedec» (4,14-7,28) y por la eficacia definitiva
de su sacrificio, que, «de una
vez para siempre», nos ha abierto el acceso al santuario celestial (8,1-10,18).
Reservamos para la parte
tercera del libro segundo el estudio
detenido de esta concepción del sumo sacerdocio y del sacrificio de
Cristo, y de su entronque con la tradición más antigua.
Vamos a terminar esta breve reseña sobre la
cristología de esta epístola con un par de
observaciones generales.
La primera y más importante
es sobre el sentido soteriológico de la persona de Jesucristo. Si él es,
por una parte, el mediador
trascendental de la creación, superior a los mismos seres celestiales que le
adoran, él es también el que «un momento fue rebajado por debajo de los
ángeles», «no se avergüenza de llamarnos
hermanos», «participó de la carne y sangre», es decir, de nuestra debilidad humana, «fue probado en todo a semejanza nuestra, excepto el pecado», «ofreció
en los días de su vida mortal ruegos y
súplicas con clamores vehementes y
lágrimas a quien podía salvarle de la muerte», etc.; pero todo ello «en beneficio de todos», «para destruir por
su muerte al que tiene el poder sobre
la muerte», «para expiar los pecados del
pueblo», de modo que «él vino a ser para todos causa de salvación eterna» (2,9-11.14.17; 4,15; 5,7-9,
etc.).
Pero la función salvífica de
Cristo, de eficacia universal y perenne, supone su dignidad supereminente,
en la que se incluye su preexistencia absoluta (1,2-3; cf- Jn 1,1-3; Col 1, 15-17). El
título, pues, de Hijo de Dios no se limita a su grandeza como
Mesías entronizado «a la diestra de la Majestad en los
cielos» (1,13; cf. Sal 2,7; 110,1), sino que remonta a su actividad en la creación del cosmos, a su preexistencia protológica. Esto mismo significan sus atributos, propios
de la Sabiduría divina.
Sin embargo, más que las especulaciones sobre la Sabiduría creadora, atraen al autor los actos históricos
determinantes de la economía de
salvación, especialmente la muerte de Jesucristo, que él explica con las categorías sacrifícales del AT. Ellos han inaugurado la época escatológica, «el
mundo por venir» (2,5; cf. 10,1);
porque Jesucristo, «pontífice de los bienes futuros», con su muerte expiatoria ha logrado «de una vez para
siempre» purificar nuestras conciencias (9,11-14; 7,26-27), y con su sangre ha sellado la alianza nueva, que
invalida la antigua y jamás será suplantada por otra (8,6-13; 9,15-22); porque
ésta contiene ya los dones celestiales del Espíritu y las bendiciones del eón futuro (6,4-5). Pero la
seguridad de la redención ya realizada mantiene la tensión escatológica,
con la esperanza del reposo sabático que
ansiamos (4,1-11) y de la ciudad
venidera que buscamos durante nuestra peregrinación presente (13,14), y con el anhelo por la segunda
aparición del Señor para consumar
nuestra salvación (9,28).
Resumiendo:
el autor de esta epístola
ha querido presentarnos la mediación
perfecta de Jesucristo, acentuando, por una
parte, su superioridad por razón de la inmediatez de Cristo con Dios como «Hijo» suyo y con nosotros como
«hermano» nuestro, y, por otra, su
eficacia, ya que por un acto único él ha llevado a cabo su obra
salvadora, ha instituido la alianza eterna y
ha obtenido para sí mismo y para los que le siguen la salvación
consumada.
La
cristo-soteriología
de la epístola a los Hebreos tiene, sí, sus raíces en las creencias que habían
ido tomando forma en la Iglesia
de los tiempos apostólicos y que hemos descubierto ya en otros escritos del NT. Pero el autor ha
sabido estructurarlas genialmente
alrededor de la mediación, particularmente de
la mediación sacerdotal de Cristo, «mediador de la alianza más excelente» y «nueva» (8,6; 9,15; 12,24) «en su
propia sangre» (9,12; 10,19.29;
13,12.20). Aunque su finalidad era parenética, ha sabido razonar, más allá de
la instrucción catequética fundamental y de la homología litúrgica (cf.
3,1; 4,14; 10,23), un discurso profundo y
penetrante, que, si no es una cristología completa, rompe un cauce nuevo y sugiere una tematización original del
misterio de Cristo, con el esquema de mediación sacerdotal, trasponiendo y
complementando el de señorío mesiánico
Tomado de M. M. González Gil, Cristo, Misterio de Dios, Madrid, 1976;
vol 1, pp. 55–62.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario